Se miraron a través de aquel sucio cristal. Allí apoyó ella su mano, simulando una caricia, como si nada los separara, como si la estación, el tren y el resto de bulliciosos pasajeros no existieran.
Una lágrima rodó por su mejilla y observó los labios de su amado, que intentaban decirle algo a través del barullo.
-No te entiendo.
Frunció el ceño, disgustada, y apoyó la frente sobre el vidrio.
-Te voy a echar de menos - murmuró - No sabes cuanto. Pero te prometo que nos veremos cada día, en cuanto el sol se esconda y cerremos los ojos, nieve o truene. Te juro que iré a verte donde sea que estés.
No le importó que él no pudiera escucharla. Sabía que podría entenderla. La sirena del tren sonó con fuerza, y la gran máquina se puso en marcha. La muchacha se guardó la tristeza y consiguió esbozar una sonrisa de infinita ternura. Los dos se miraron por última vez y ella consiguió leerle los labios, que se movieron para formar un sencillo "te amo".