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sábado, 8 de septiembre de 2012

Relato #7

Las carcajadas rompieron el silencio matutino de esa tranquila playa. Por alguna razón, se encontraba totalmente vacía salvo por las gaviotas que paseaban por esa sábana azul que era el cielo. Ellos estaban tan absortos el uno con el otro que no se molestaron en preocuparse. ¿Qué importaba lo demás, si se tenían el uno al otro?
Ebrios por la alegría que les producía el estar juntos - qué delicioso licor, el amor -, perdieron la noción del tiempo mientras caminaban por la orilla, aliviando el calor de ese verano gracias a las olas que, traviesas, jugueteaban con los dedos de sus pies. Los chistes malos y las carcajadas teñían el ambiente, procurando ocultar una mal disimulada timidez que por alguna razón inexplicable, les impedía hablar sin tropezarse.

Pasados los minutos, se acomodaron en la arena sobre una toalla, charlando, tranquilamente, hasta que a la cabeza del muchacho le llegó una idea.

-¿Y si te tiro al agua? - le susurró malvadamente.
Ella, divertida por que su compañero se comportara como un chiquillo, fingió escandalizarse.
-¿Acaso estás loco de remate? - se llevó una mano a la frente para añadirle dramatismo - ¿Es que no ves que estoy vestida?
Él no necesitó responder. Simplemente la abrazó con todas sus fuerzas y, sin importarle que ambos llevaran, en efecto, la ropa puesta, la arrastró consigo hacia el interior del mar.
Los grititos sorprendidos de ella y las risas de él formaban la más dulce melodía que podría escucharse jamás.
Pronto, el aire se sacudió de felicidad atrapada en juegos absurdos, en salpicaduras de ternura que terminó por dejarlos exhaustos, y fundidos en un abrazo repleto de ternura.
Sonrientes como idiotas, se dejaron caer en la arena, donde ella se quedó profundamente dormida con asombrosa rapidez, acunada por sus brazos. Su acompañante no tardó en seguirla a las profundidades del sueño.
El atardecer sorprendió al muchacho al abrir los ojos. No pudo evitar esbozar una sonrisa al darse cuenta de que ella seguía ahí, con la cabeza sobre su pecho, que no era una quimera.
Observándola dormir, se sintió morir de amor.
La despertó con suavidad - no sin lamentarlo - y, en silencio, mientras el único sonido eran las olas rompiendo rítmicamente contra la arena una y otra vez, le señaló el cielo, donde el sol rápidamente se escondía en las profundidades del horizonte.
Se desprendieron del sueño con un último baño, mientras el día se volvía noche, mientras los minutos se escapaban con velocidad, acompañados sólo por el golpeteo que producía el oleaje. Abrazados, estáticos, guardaron silencio para ver si, así, ese perfecto momento se volvía eterno.

lunes, 6 de agosto de 2012

Relato #6

No quiero abrir los ojos. No quiero romper ese silencio. Temo que haya sido un sueño, que al abrir los ojos la realidad me golpee. Pero el tiempo pasa, y sigo sintiendo la presión de sus manos en la espalda, sigo sintiendo su cabello entre mis dedos y la suave caricia de su respiración contra mi piel.
Me siento.... viva, llena de energía, pero no deseo moverme, no deseo separarme de él, de este chico que hace apenas una semana era un completo desconocido, y ahora hace que mi corazón se desboque sin que entienda yo por qué. ¡Pero si esto parece una extraña telenovela barata! Si llegan a contarme que me pasaría esto, no lo habría creído. "Venga ya, como si fuera tan ingenua", habría respondido. 
Y ahora aquí estoy, no sé si soy ingenua o una completa idiota, pero el caso es que quiero quedarme estática, quiero que este momento dure para siempre. Y es que realmente es perfecto, pues todo está en silencio, parece como si el mundo nos hubiera querido dar una tregua durante unos instantes, lo único que oigo son los latidos de mi corazón, que suenan tan altos que temo que él pueda oírlos. 
Pasan los segundos, pasan los minutos, ¿quién sabe si incluso alguna hora? El tiempo ya no existe, la vida no existe, simplemente él y yo, allí. 
Noto como me acaricia la mejilla, y me decido a abrir los ojos. Lo que veo hace que me de un salto el corazón, pues allí está él, con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos gcargados de ternura. Me besa la nariz con suavidad, y no puedo evitar soltar una risita, a lo que él vuelve a besarme, pero esta vez en los labios. Es un beso fugaz, pero llega cargado de dulzura, y no puedo evitar sonreír como una estúpida. Me siento como si estuviera borracha, siento ganas de bailar.